Antología Crítica

1985

JOSÉ PÉREZ GUERRA
Diaria Cinco Días
Madrid, 1 de febrero de 1985

Vaqueiro, 1971.
Óleo/lienzo. 61 x 77 cm

Ante los cuadros de Linares uno respira hondo y se adentra en el panorama de la Creación para encontrar la paz y el sosiego tantas veces perdidas. La exposición que ha inaugurado en la galería Balboa 13 de Madrid, nos ofrece la visión de “el paraíso encontrado”. Un paraíso de verdores, inmensidad incontaminada, donde el hombre o la pareja, nunca la mas, se presenta como parte de la naturaleza; cumpliendo la tarea de recrear, vivir, perpetuar, se eleva para encontrarse a sí mismo. Por eso ante los lienzos de Linares se siente el silencio, se palpita lo íntimo, todo es una visión gozosa.

Aumentar Linares es un artista con claro dominio de su oficio y sensibilidad a flor de piel, que le hace captar el aliento de vida y plasmarlo en sus lienzos. Dibuja con rigor, señala las formas o las figuras y pone en torno a ellas un panorama; mar verde con reflejos de tierra que llena todo, porque el paisaje no tiene final. Son colores que pone la luz preciosa, que logran brumas y señalan la atmósfera limpia de lo no manipulado. Gentes que surgen de una pincelada justa, pequeña, indefinida, y que son piezas esenciales –corazón- de esa inmensidad sin horizontes –cielo y tierra en una misma cosa- que vienen a ser como el argumento de todo su discurso. Y una colección de retratos, cabezas, rostros con rasgos de ilusiones y ansiedades; caras con marcas de generaciones y vivencias propias; porque Linares intenta retratar el alma. Estamos ante un artista de largo recorrido. La muestra que cuelga ahora en la galería Balboa 13 es, por decirlo de alguna manera, la muestra de su madurez. Porque los cuadros –paisajes o retratos, en mediano y pequeño formato- son un pintar el espíritu de la Creación y el quehacer humano como protagonista. Y eso sólo lo hacen los maestros que elevan el oficio a la categoría de arte.

JUAN CARLOS VIDAL
Liberación
Madrid, 1 de febrero de 1985


Día de lluvia, 1971.
Óleo/lienzo. 116 x 89 cm

Manuel García Linares es uno de los pintores más personales del arte asturiano actual. A partir de la lejana muestra madrileña de 1968, el pintor ha experimentado una evolución desde colores negros, ocres y grises, y una forma fuerte y de rasgos agudos, lo que daba a su plástica un hondo contenido social, hacia una pintura de temática campesina, de regreso a las raíces,     que logra un sentido universal a través de un tratamiento lírico y de la investigación consciente de los valores plásticos.
Dice el poeta Ángel González en el prólogo de la exposición que “Linares sorprende al mundo en su trance de creación, recién desvelado por la gracia de la luz. Es ese instante mágico, y a la vez tan cotidiano es Asturias, en el que el paisaje emerge de la bruma como una inesperada aparición. ¡Primer día del mundo!”.
El pintor ha simplificado al máximo su lenguaje: unos ligeros rasgos realistas dan cuerpo a diminutas figuras labriegas, casi como una insinuación, una anécdota alrededor de la cual giran las sensaciones. El espectador se sume en la degradación evasiva de la profundidad y la riqueza lumínica. La figura se mueve desligada de la luminosidad cromática del paisaje y ese sentimiento de soledad concentrado con fuerza en una mínima figuración revive la leyenda de la lucha del hombre con la Naturaleza en ese cromatismo sensitivo que bordea la abstracción.

JAVIER RUBIO
ABC
Madrid, 1 de febrero de 1985

Banco rojo, 1973.
Óleo/lienzo. 61 x 74 cm

Aumentar Nacido en Navelgas (Asturias) en 1943, Manuel García Linares centra su paisaje en las tierras astures, en sus tipos más peculiares, en sus amplios prados verdes, que ocupan totalmente el lienzo y en los que, como una pequeña justificación, algún lejano personaje siega el heno o labora la tierra. De no ser por esas mínimas figuras, los cuadros de Linares serían puros estudios de matiz (verde, sepia), puras abstracciones. Presenta ahora, en su sexta individual madrileña, veintisiete óleos y seis acuarelas, dedicadas estas últimas a los tipos asturianos. Son los paisajes lo más notable de la muestra, dentro de su uniformidad, porque, a pesar de su semejanza, en cada uno de ellos ha volcado el pintor toda su sensibilidad, buscando la luz de los cielos del Norte y los matices infinitos de las gamas verdes, que cambian de hora en hora. Es el color lo que le preocupa a Linares; el color como resultante de una luz determinada. Y no debemos dejarnos engañar por esa uniformidad, pues no se trata simplemente de cubrir de verde una superficie rectangular, sino de “pintar” un prado que, gracias a los personajes, tiene profundidad y distancia.

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