Antología Crítica

1994

ISABEL LÓPEZ PERUCHA
Revista Crítica de Arte
Madrid, enero de 1994

Reposo, 1986.
Óleo/lienzo. 80 x 85 cm

Manuel Linares es un pintor asturiano, aspecto siempre presente y latente en su obra, con una larga trayectoria artística que cuenta casi una treintena de exposiciones individuales y una veintena de colectivas.

La pintura de M. Linares, sus sentimientos, contenido y tema, es el producto de sus experiencias, sus vivencias  el conocimiento de las circunstancias que rodean al hombre y que le hacen ser y vivir en un ámbito o medio adecuado, productivo y reconocido o no. Linares se para en estos últimos, los olvidados y sufridos campesinos y aldeanos que trabajan de sol a sol sin más recompensa que una piel curtida y un cuerpo cansado. En el lienzo, sobre un fondo neutro generalmente unicolor o bicolor, o bien sobre un fondo de montaña y campo, se encuentran los paisanos en sus labores de labranza. Ambos, figura y fondo, conviven a dúo como únicos compañeros, ante nuestra mirada. La mordacidad del pintor nos recuerda que gracias a estos hombres y mujeres y a su labor en el campo, se inicia el ciclo económico del que disfrutamos, y que del campo, de la naturaleza, surgen todas las materias primas necesarias. Su pintura se convierte de esta manera en el eco de una problemática social y económica consecuencia de una problemática política.

El óleo cubre el lienzo con limpias pinceladas formando paisajes de campo, del campo asturiano y universal, en el que se vislumbra como parte integrante en él a la figura humana. Ambos pertenecen a la misma mancha de color fundiendo sus difuminados contornos en total comunión. Espacios abiertos que podrían continuar hasta la saciedad y seguirían estando puntualmente y solitariamente habitados.

Linares no sólo nos sumerge en este aspecto desolador de la vida de un sector humano; también nos ofrece una válvula de escape, el escaparate de una vida ociosa y tranquila en paisajes marinos, en los que los bañistas (a modo de leves toques de color) pasean tranquilamente por la arena o se refrescan en el agua. Manchas de color van conformando el paisaje y la figura en perfecta armonía, como en la temática anterior. Aun en estas escenas podemos ver cómo éste o aquel bañista tienen como única compañera la soledad.

ÁNGEL GONZÁLEZ
de la Real Academia de la Lengua

Barcas, 1987.
Óleo/lienzo. 85 x 80 cm

En sus últimos cuadros, Linares sorprende al mundo en el trance de la Creación, recién desvelado por la gracia de la luz. En ese instante mágico, y a la vez tan cotidiano en Asturias, en el que el paisaje emerge de la bruma como una inesperada aparición. ¡Primer día del mundo! Es posible escuchar el viejo conjuro: “Hágase la luz...” Y la luz ocupa el aire, se queda en él. Lo que el ojo del Creador ve se ilumina. Y, al fin, existe.

No se trata, sin embargo, de una incursión romántica dentro de las añoradas fronteras del bíblico jardín. El hombre que trabaja, instalado en el centro del milagro, sitúa el mito en la Historia, lo real en lo maravilloso.

EMILIO ALARCOS LLORACH
de la Real Academia Española de la Lengua

Manolo Linares llega quedo y sonriente, con ojos iluminados que no se sabe si miran a lo lejos o ase adentran en honduras íntimas, y, sin más, deja aquí sus cuadros. Ellos solos hablan, y nos atraen. ¿Y qué nos dicen? Objetivamente vemos manchas de color y trazos precisos oscuros. Paisaje y paisanaje se articulan sabiamente, pero permanecen bien delimitados. Algún detalle concreto permite asignar a cada cuadro un pretexto originario de diversa geografía (al norte asturiano natal, al campo de Castilla). Sin embargo, esta pintura no es de aquí ni de allí, es sólo pintura: abstracción lírica de la informe sustancia real. Las figuras destacan individuales, graves, absortas en sus trabajos o ahincadas en sus imaginaciones, por sobre un paisaje siempre borroso. Tierra y seres se compenetran mágicamente. Estos ámbitos sin límites claros, donde los colores se transforman en gradación imperceptible, están inundados de una extraña luz que difumina los detalles. ¿Qué luz es ésta? No es la niebla norteña, negruzca y blanda, que empasta uniformemente los perfiles. Tampoco es la luminosidad del cielo que realza aristas y contornos. Aquí, lo que vibra es lo que pudiéramos llamar luz e la tierra. Es la madre tierra que, de su seno ubérrimo, emana su poder eternamente creador y envuelve en su caricia luminosa y casi audible a todos los seres. Es una especie de irradiación silente y misteriosa que late invisible t funde en unidad todo en el cuadro: lo geológico, lo vegetal, lo animal, lo humano. ¿Será esto realismo impresionista? Es pintura: poética plasmación en rasgos y colores con que el pintor transfigura su mundo, el mundo.

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